Revisión del volumen:
El Cristo emergente

Alfa y Omega
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Editado por Simonetta Giovannini

Fue el mejor de los tiempos, fue el peor de los tiempos”. Estas son las dickensianas palabras que introducen el libro de Ilia Delio ‘El Cristo emergente’, publicado por San Paolo en 2014. Palabras que el autor, teólogo comprometido en el diálogo entre ciencia y religión, encuentra aptas para describir la vida cristiano-católica actual, desgarrada entre tendencias revanchistas y preconciliares, la oscuridad del envejecimiento y la disolución a falta de relevo generacional, y fermentos de novedad que, sin embargo, pugnan por aclarar su alcance e implicaciones. Todo ello en un contexto global de transformación magmática.

El libro retoma y profundiza en la visión del gran teólogo y paleontólogo Teilhard de Chardin, para quien la evolución sería un “ascenso biológico” de la materia al espíritu, un viaje hacia formas de vida más complejas que acabarán convergiendo en el “Cristo Omega”, punto de aterrizaje y meta de la evolución. La visión evolucionista de Teilhard habría dado a la teología una concepción nueva, dinámica y ya no estática de la creación y de la revelación divina, emancipándola del vínculo rígido y exclusivo con la metafísica aristotélica y tomista y abriéndola a los desarrollos del conocimiento científico.

Otros descubrimientos y avances de la ciencia (desde la física cuántica hasta la teoría de los campos morfogenéticos y los sistemas complejos), integrados en la visión teilhardiana, permiten pensar en la Iglesia como un sistema abierto a las influencias del entorno y no autorreferencial, y en la vida cristiana como la realización de un inmenso potencial del alma y no como el cumplimiento de una serie de obligaciones y deberes. Dios mismo, en la lógica evolucionista que fue Teilhard, Berdjaev, Whitehead, sería un Dios procesual y dinámico, un Dios en evolución: el dinamismo y el movimiento, invirtiendo el supuesto tradicional derivado de la cultura helénica, serían perfecciones en Dios, mientras que la inmovilidad sería imperfección.

En esta visión cristocéntrica, que tiene sus gérmenes bíblicos en el tema paulino de la creación que gime con dolores de parto (Rm 8,22), implicarse en el misterio de Cristo es dejarse atrapar por el Espíritu de la nueva vida, la creatividad, la imaginación y la apertura al futuro que plantea la necesidad de un nuevo aparato metafísico. El concepto de emergencia en la naturaleza indica la aparición de nuevas estructuras o formas en evolución: suceden cosas nuevas y diferentes de lo que ya existe o ha existido.

En esta perspectiva, la Trinidad puede verse como un proceso emergente infinito: Dios es el horizonte, el futuro que nos llama a ser y la fuente íntima de nuestro devenir. El doble objetivo del libro es estudiar a Cristo como futuro de nuestro devenir y el papel de la vida cristiana en relación con el Cristo emergente. La evolución es el proceso del nacimiento interior del Cristo a través de una progresión de relaciones unificadoras de mayor complejidad, animadas por el Espíritu.

Por tanto, toda la evolución está destinada a convertirse en la plenitud de Cristo. En este contexto, se aclara el significado de la palabra “católico”, fiel a la tradición y, al mismo tiempo, totalmente innovador en su contenido, contraponiendo una apertura potencialmente universal a la incompleta y parcialmente sectaria, sectaria, tribal y selectiva. Ser católico es ser “creador del todo”, unir lo que está separado y evolucionar así hacia una unidad mayor. La creación como encarnación es el proceso de creación de la totalidad: una totalidad que es inherentemente dialógica y relacional.

El libro tiene una intención declaradamente performativa, que es ayudar a que la vida cristiana vuelva a participar dinámicamente en la evolución de Cristo en la historia. Ser católico es estar implicado en la evolución, ser una presencia dinámica en una relacionalidad con Dios que conduce a un todo mayor, a la unidad, a una evolución de la conciencia que, por su propia naturaleza, permite que Dios nazca de dentro.

La visión medieval de la creación como un libro coincide con la física cuántica y su visión de un universo elástico, en expansión e interconectado. La evolución nos ayuda a comprender que Dios actúa a través del desorden de la creación, a través de la vida llena de acontecimientos aleatorios o contingencias, en la que se ha insertado como filo, a través de la encarnación, el acontecimiento crístico, que representa también el fin y el polo de atracción. Implica una constante aparición de complejidad.

La física cuántica introduce la noción de un universo participativo que no distingue entre el proceso de observación y lo observado; no hay frontera entre sujeto y objeto. La materia no se compone de bloques elementales, sino de complicadas redes de relaciones en las que el observador constituye el último eslabón de la cadena del proceso de observación, y las propiedades de cualquier objeto atómico sólo pueden entenderse en función de la interacción entre objeto y observador.

Los sistemas abiertos son sensibles a las condiciones iniciales y pueden producir resultados complejos e impredecibles a lo largo del tiempo. La teoría del caos predice un orden subyacente a datos aparentemente aleatorios. El pensamiento sistémico concede gran importancia a los principios de la organización sistémica. Relación es ser. Ser es estar en relación. Como seres humanos y sociedad parecemos estar separados, pero en el fondo formamos parte de un todo indivisible y somos parte del mismo proceso cósmico.

Cristo es el Verbo encarnado que es el sentido más íntimo del mundo en evolución, es el ser integrado en el que surge un nuevo campo de actividad que promueve la plenitud. Estar en Cristo es estar en evolución, y a menos que comprometamos nuestras vidas en esta dirección desarrollando y haciendo disponible nuestro potencial de amor, perderemos tanto a Cristo como a la evolución, contrarrestando el dinamismo evolutivo hacia la unidad, la paz y la justicia.
“Podemos evolucionar hacia un transhumanismo saludable marcado por la aparición de Cristo -hacia una mayor unidad en nuestras relaciones con los demás y con la Tierra- o podemos encogernos por miedo a perder nuestra identidad y vernos abrumados por algo que escapa a nuestro control. Donde está Cristo hay complementariedad de contrarios y, por tanto, unidad en el amor”.

El libro tiene sin duda muchos méritos, y no el menor de ellos es su capacidad para revisar, a la luz de las ideas de Teilhard de las que este ensayo es una actualización, los principales misterios de la fe cristiana (Trinidad, encarnación, crucifixión, resurrección, escatología) desde una perspectiva profundamente innovadora. Algunas dudas surgen, en una reflexión que tal vez trascienda los límites impuestos por una reseña y que debería desarrollarse de otro modo, de ciertas afirmaciones del texto y de los posibles usos ideológicos que podrían hacerse de la visión que en él se propone.

Por ejemplo, la suposición de que “la primacía pertenece al conjunto”. Se recuerda aquí el concepto, derivado de la ciencia, de holón, como algo que es a la vez el todo y una parte: “Podemos ver a las personas como individuos o como parte de una comunidad que a su vez forma parte de una sociedad”.
Si bien es cierto que el individuo no es una mónada aislada, sino que desde el principio se socializa y se inserta en una compleja red de relaciones, viviendo de la interdependencia con los demás, la insistente referencia a la primacía del todo y de la totalidad evoca por contraste la impugnación por Kirkegaard de la síntesis hegeliana en la que la comunidad (en ese caso el Estado) tiene primacía sobre el individuo, por tanto sobre la persona. También se nos recuerdan las derivas histórico-políticas y sectarias que se derivaron de esa tentación totalizadora: de la primacía de la totalidad sobre el individuo a la reducción instrumental de la persona a un peón, el paso es corto.

Ciertamente, el autor, al desarrollar el tema de la relación entre el modelo cristocéntrico y trinitario y la evolución unificadora, hace gran hincapié en el hecho de que la unidad, la totalidad que evoluciona en la historia, es una unidad diferenciadora. La duda, sin embargo, persiste.

La reseña está tomada de https://www.viandanti.org

El Cristo emergente – El sentido católico de un universo en evolución, de Ilia Delio, San Paolo Edizioni

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